Adoptar una rutina de ejercicio no depende únicamente de la disciplina o de conocer los beneficios de la actividad física. La manera de interpretar el movimiento también puede influir en la motivación y en la capacidad de mantener el hábito.
Cambiar la mentalidad, la perspectiva, encontrar actividades agradables y establecer condiciones que faciliten la práctica son algunas de las estrategias que pueden ayudar a incorporar el ejercicio a la vida cotidiana.
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Danielle Boles, psicóloga conductual que estudia la influencia de la mentalidad en el comportamiento, explica que la percepción del cansancio puede modificar la disposición a moverse. Después de pasar una jornada sentado frente a un escritorio, una persona puede sentir que no tiene energía para entrenar.
Sin embargo, también puede interpretar esa misma situación como una oportunidad para aliviar la rigidez y recuperar el movimiento.
La diferencia está en el enfoque: en lugar de pensar que el ejercicio exige un esfuerzo adicional después de un día agotador, es posible verlo como una oportunidad para dejar atrás el sedentarismo.

Cambio de mentalidad
La investigación respalda la importancia de esta forma de pensar. En un estudio publicado en 2021, Boles descubrió que las personas que comenzaban una clase de ejercicio y recibían indicaciones para concentrarse en la diversión, la relajación y la conexión social tenían menos probabilidades de faltar que aquellas que recibían información general sobre las recomendaciones de salud pública relacionadas con la actividad física.
La experiencia sugiere que asociar el movimiento con sensaciones agradables puede favorecer la constancia. En lugar de convertir cada entrenamiento en una obligación, encontrar motivos personales para disfrutarlo puede ayudar a mantener el compromiso.
Otro estudio, publicado en 2023, exploró cómo la percepción del nivel de actividad física influye en otros aspectos del bienestar. Octavia Hedwig Zahrt, entonces estudiante de doctorado en Stanford, reunió a 162 adultos moderadamente activos que no registraban sus movimientos y les entregó dispositivos para contar sus pasos.
Algunos recibieron monitores con cifras precisas; otros utilizaron dispositivos manipulados para registrar un 40 % más o un 40 % menos de pasos.
Cómo la percepción influye en el bienestar
Después de cinco semanas, quienes recibieron recuentos inferiores a su actividad real informaron una menor autoestima y peor salud mental. También experimentaron aumentos de la presión arterial y la frecuencia cardíaca, además de cambios desfavorables en su alimentación: consumieron más productos ricos en grasas y menos frutas y verduras.
Zahrt, actualmente científica conductual en el Banco Central Europeo, relacionó estos resultados con el llamado “efecto de qué más da”. Este fenómeno describe cómo una percepción negativa sobre un aspecto de la vida puede extenderse a otros comportamientos.
“Si ya estoy fallando en un ámbito, entonces, qué más da, ni siquiera lo voy a intentar en otra área”, explicó.
En contraste, quienes recibieron recuentos precisos o superiores a los reales percibieron su actividad como más adecuada y saludable. También adoptaron una dieta más sana, mejoraron su capacidad aeróbica y experimentaron una mejor salud mental.
Según Zahrt, sentirse más saludable podría contribuir a desarrollar una identidad vinculada con el bienestar y facilitar otras conductas beneficiosas.
Estrategias para convertir el ejercicio en rutina
Construir una identidad activa requiere algo más que decidir hacer ejercicio. Paul Estabrooks, director del Centro de Investigación de Prevención Mountain West de la Universidad de Utah, sostiene que esa identidad debe sentirse natural. Rodearse de personas físicamente activas puede contribuir a conseguirlo.
Participar en un equipo de baloncesto o caminar regularmente con amigos permite incorporar el apoyo social a la actividad física. Además de aportar compañía, estos compromisos pueden convertirse en una motivación para mantener la rutina.
Bas Verplanken, psicólogo social de la Universidad de Bath, señala que la relación entre identidad y ejercicio funciona en ambas direcciones: la actividad constante puede transformar la percepción que una persona tiene de sí misma, mientras que identificarse como alguien activo puede impulsar la continuidad.
También recomienda desarrollar una mentalidad orientada a la acción y preparar el entorno para facilitar el movimiento. Dejar la ropa deportiva lista la noche anterior, pasar por el gimnasio al regresar del trabajo o acordar caminatas con un vecino son medidas que reducen las dificultades para empezar.
La actividad física, además, no tiene que limitarse al gimnasio. Ir en bicicleta al trabajo, caminar durante reuniones o considerar la limpieza doméstica como una oportunidad para moverse permite reconocer otras formas de ejercicio.
El cambio comienza al dejar de percibir el movimiento como una carga y encontrar maneras accesibles de integrarlo en cada día.
Fuente: New York Times




