Dicen que las verdades suelen ser dichas por los niños, las personas que han bebido suficiente alcohol o por aquellas que se enojan y dejan salir lo que existe en el corazón.
Pero, ninguno de estos dichos está comprobado. De hecho, la psicología explica en el tema del enojo, que no todas las personas suelen ser sinceras al momento de discutir.
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La ira y el enojo forman parte natural de las emociones humanas. Todos, en algún momento, reaccionan con frustración ante una discusión, una injusticia, un problema familiar o una situación que les hace sentir atacados.
El problema aparece cuando esas emociones toman el control y se termina diciendo algo que puede herir profundamente a otros.
Si bien es posible que algunos se expresen erróneamente y digan verdades a través de palabras hirientes, los psicólogos aseguran que las personas enfadadas no siempre hablan con claridad ni precisión.
Muchas veces solo exageran, distorsionan la realidad o dicen cosas impulsivamente que ni siquiera representan lo que realmente piensan.

El cerebro cambia frente a la ira
Cuando el ser humano se enfada, el cerebro entra en un estado conocido como secuestro emocional. En términos simples, las emociones comienzan a dominar sobre la lógica.
Durante ese momento, el sistema límbico, la parte del cerebro relacionada con las emociones y el instinto de supervivencia, se activa. La amígdala cerebral interpreta ciertas situaciones como amenazas y desencadena una reacción física y emocional inmediata.
Por eso, durante una discusión fuerte, el cuerpo puede experimentar taquicardia, respiración acelerada, tensión muscular o aumento de la presión arterial.
El cerebro libera hormonas como adrenalina, cortisol y noradrenalina, preparando al organismo para reaccionar de forma veloz.
El problema es que, mientras eso ocurre, la corteza prefrontal, que es la zona encargada del razonamiento lógico y el control de impulsos, pierde parte de su capacidad de actuar con calma.
Dicho de otra manera, el ser humano piensa menos y reacciona más.

¿Verdades o impulsos?
Los expertos explican que debido a todos estos cambios frente a la ira, durante una discusión pueden salir emociones, frustraciones o pensamientos que estaban guardados, pero eso no significa que todo lo que se dice sea completamente cierto.
Muchas veces el enojo hace que las personas exageren situaciones o expresen ideas de manera extrema. Una molestia pequeña puede convertirse en frases hirientes que no coinciden con la realidad.
En ese momento, el cerebro interpreta la situación como una amenaza emocional y magnifica las sensaciones negativas.
Por eso, algunas personas terminan diciendo cosas muy duras, que los demás interpretan como verdades, pero en realidad solo son exageraciones y argumentos sin filtros impulsados por la molestia.
La psicología tilda estas acciones como verdades distorsionadas motivadas por impulsos. Es decir, expresiones que tienen una base real, pero con argumentos que deforman la realidad.
Precisamente por la magnitud de estos argumentos es que muchos terminan arrepentidos. Pues el cerebro, cuando se calma, recupera la capacidad de analizar la situación con mayor claridad y se percata que lo expresado es errado, exagerado e incluso grave dependiendo de lo que se dijo.

Hablar desde lo racional
Uno de los mayores errores después de una pelea es asumir que cada palabra dicha representa una verdad absoluta.
Claro que hay discusiones donde salen sentimientos reales o problemas que necesitan atención. Pero también hay frases nacidas de la frustración o el dolor momentáneo.
Por eso, los psicólogos recomiendan analizar las discusiones con calma una vez que las emociones bajan.
Escuchar, reflexionar y conversar desde la tranquilidad suele ser mucho más útil que intentar resolver todo en medio de la ira.
Sentir enojo no es algo malo, es una emoción humana completamente normal. El problema real aparece cuando el enojo controla las palabras, las acciones y estas se disfrazan de supuestas verdades.
Mejor es respirar un poco, pensar y hablar desde lo racional antes de decir algo que termine en arrepentimiento.
Fuente: Con información de La Razón, Psicología y Mente





