Un objeto tan pequeño como un tornillo desempeñó un papel decisivo en el crecimiento industrial y la influencia internacional de Estados Unidos durante el siglo XX.
Aunque suele pasar desapercibido, la estandarización de su diseño permitió transformar la producción, facilitar la fabricación en masa y convertir al país en un referente mundial en materia de normas técnicas e industriales.
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A comienzos de la década de 1920, la falta de estándares era un problema cotidiano. Incluso dentro de Estados Unidos existían diferencias entre estados para aspectos tan básicos como la señalización vial.
La ausencia de criterios unificados también afectaba a la industria, donde numerosos productos eran fabricados con medidas y especificaciones distintas, dificultando las reparaciones, el mantenimiento y el intercambio de piezas.

Tornillo
Ante ese panorama, el entonces secretario de Comercio, Herbert Hoover, impulsó un amplio proceso de normalización con el propósito de hacer más eficiente la economía estadounidense.
Su objetivo consistía en reducir la variedad de medidas y características de numerosos productos, desde adoquines y neumáticos hasta artículos de vidrio, con el fin de simplificar la producción y garantizar la compatibilidad entre piezas.
Uno de los mayores desafíos fue establecer un estándar único para la rosca de los tornillos. Aunque las diferencias entre un tornillo de 55 grados y uno de 60 grados parecen imperceptibles a simple vista, ambos son incompatibles entre sí.
Esa pequeña variación impedía que numerosas piezas pudieran ensamblarse correctamente, lo que generaba dificultades tanto para la industria como para el mantenimiento de maquinaria y equipos.
Tras intensas negociaciones con fabricantes y distintos sectores industriales, en 1924 Estados Unidos adoptó oficialmente el estándar nacional del tornillo con una rosca de 60 grados.
Aquella decisión representó un paso fundamental para la industria estadounidense, ya que permitió que miles de componentes pudieran fabricarse bajo las mismas especificaciones técnicas, reduciendo costos y aumentando la eficiencia de la producción.
Sin embargo, el resto del mundo continuaba utilizando otros estándares. En países como Reino Unido predominaban los tornillos con roscas de 55 grados, lo que generaba incompatibilidades cuando los productos estadounidenses llegaban a mercados internacionales.
Según el historiador Daniel Immerwahr, esa diferencia era comparable a dos idiomas distintos que impedían la comunicación entre objetos fabricados en diferentes lugares.
La importancia de esta situación quedó en evidencia durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras gran parte de Europa enfrentaba los efectos del conflicto, Estados Unidos se convirtió en uno de los principales proveedores de armamento, vehículos y suministros para los países aliados.
No obstante, la falta de compatibilidad entre las piezas complicaba las reparaciones y el mantenimiento del material militar en distintos frentes de combate.
Durante la guerra, Estados Unidos destinó aproximadamente 600 millones de dólares al envío de tornillos, tuercas y pernos adicionales para solucionar los problemas derivados de la incompatibilidad entre los diferentes estándares industriales.
Esa inversión ilustra el enorme impacto económico que podía generar una diferencia aparentemente mínima en el diseño de un componente mecánico.
Entre 1943 y 1945, representantes de Estados Unidos y Reino Unido sostuvieron diversas reuniones para buscar una solución definitiva.
De acuerdo con las investigaciones de Immerwahr, el gobierno británico aceptó finalmente adoptar el estándar estadounidense, primero como una medida temporal relacionada con la guerra y posteriormente de forma permanente. Ese cambio marcó un punto de inflexión en la influencia industrial estadounidense sobre otras economías.
Tras el conflicto, la adopción de estándares comunes continuó expandiéndose. En 1947 fue creada la Organización Internacional de Normalización (ISO), integrada inicialmente por delegados de 25 países con el propósito de establecer normas técnicas compartidas para facilitar el comercio, la producción y la compatibilidad industrial.
El fenómeno también se reflejó en otros ámbitos cotidianos. Un ejemplo citado por los investigadores es la señal de alto con forma octogonal, desarrollada originalmente en Estados Unidos y convertida en un estándar internacional en la década de 1950.
Posteriormente, el país modificó su color de amarillo a rojo tras la aparición de nuevos materiales reflectantes, una decisión que terminaría siendo adoptada por gran parte del mundo.
Pese a impulsar numerosos estándares internacionales, Estados Unidos también mantuvo algunas particularidades propias, como el uso del sistema de medidas basado en yardas y otras unidades tradicionales, en lugar del sistema métrico utilizado por la mayoría de los países.
La historia demuestra que el liderazgo de una nación no depende únicamente de su capacidad militar o económica. En ocasiones, decisiones técnicas relacionadas con elementos tan simples como un tornillo pueden influir en la organización de la industria, el comercio internacional y las cadenas globales de suministro.
La estandarización impulsada durante el siglo XX permitió que millones de productos compartieran un mismo lenguaje técnico y contribuyó a consolidar la influencia industrial estadounidense durante las décadas posteriores.
Fuente: BBC





