Una ensalada puede pasar de ser una guarnición sencilla a convertirse en un plato atractivo cuando combina distintos sabores y texturas. La clave está en equilibrar cinco elementos esenciales: verduras de hoja verde, dulzor, algo crujiente, cremosidad y un buen aderezo. A partir de esa fórmula, las posibilidades son prácticamente ilimitadas.
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Las verduras de hoja verde forman la base de muchas ensaladas. La lechuga iceberg es una opción conocida, pero existen numerosas alternativas con diferentes sabores y características. Entre ellas están la lechuga romana, la lechuga de hojas rojas o verdes, la espinaca, la col rizada, la rúcula, el berro, la acelga, las hojas de nabo y las hojas de remolacha.

Ensalada
Las variedades más suaves pueden ser una buena opción para quienes todavía no están acostumbrados a sabores intensos. Las versiones baby de espinaca o col rizada también resultan más suaves que las maduras.
Además, las hojas de textura firme, como la col y la col rizada, soportan mejor el aderezo y pueden conservarse durante un par de días en el refrigerador sin ablandarse demasiado.
El segundo elemento es el dulzor. La fruta fresca, seca o enlatada puede aportar ese contraste sin necesidad de convertir el aderezo en una preparación excesivamente dulce. Cuando la fruta no combina con el perfil de sabor buscado, pueden utilizarse pimientos dulces, guisantes, tomates cherry, uvas, maíz o jícama.
Después llega el toque crujiente. Zanahorias, manzanas, pepinos, jícama, brócoli y coliflor aportan textura, pero las posibilidades no terminan en las frutas y verduras. Semillas, frutos secos, frutos secos confitados, wontons, tiras de tortilla y picatostes también pueden completar la ensalada y crear un contraste más interesante.
La cremosidad aporta otro nivel de textura. El queso es una de las opciones más versátiles. El feta, el queso azul y el gorgonzola ofrecen sabores intensos, mientras que el parmesano, la mozzarella fresca, el queso fresco, el cotija, el cheddar, el Monterey Jack, el pepper jack y el Colby permiten alternativas más suaves. El aguacate también puede aportar cremosidad sin utilizar queso.
El quinto elemento, y uno de los más importantes, es el aderezo. Una ensalada con buenos ingredientes puede perder atractivo si se combina con un aderezo de baja calidad. En cambio, una preparación casera puede transformar el resultado. Además, permite controlar la cantidad de azúcar y ajustar los sabores.
Una fórmula sencilla consiste en combinar vinagre de arroz, de vino tinto, de vino blanco, de manzana o balsámico con aceite de oliva, de canola o de aguacate. También pueden incorporarse hierbas, especias, miel o una pequeña cantidad de azúcar. La preparación puede hacerse en pocos minutos y adaptarse a las preferencias de cada ensalada.
Para convertir la ensalada en un plato principal también es posible incorporar proteínas, como pollo, carne de res, cerdo, pescado, frijoles o lentejas. Los cereales ofrecen otra alternativa: quinoa, cuscús, arroz, farro o diferentes tipos de pasta.
La inspiración también puede surgir de distintas cocinas. Un perfil chino puede combinar soja, jengibre, ajo, cilantro, sésamo, sriracha, repollo y mandarinas.
El mexicano puede reunir cilantro, comino, jalapeño, tomate, maíz, frijoles, lima y arroz. La cocina italiana aporta albahaca, orégano, parmesano, pasta y aceite de oliva.
Las combinaciones griegas o mediterráneas pueden incluir pepino, tomate, aceitunas, cítricos, tahini y yogur, mientras que un perfil francés puede incorporar mostaza de Dijon, quesos blandos, champiñones, alcaparras y vinagre de vino.
También es posible comenzar por los productos de temporada disponibles en cada zona. Además de favorecer ingredientes frescos, esta opción facilita encontrar sabores que combinan entre sí.
En definitiva, una ensalada no depende de una receta rígida. Con hojas verdes, dulzor, textura crujiente, cremosidad y un aderezo casero, cualquier combinación puede convertirse en una preparación completa, versátil y deliciosa.
Fuente: Lynnette Sheppard




