Hace 34 años, un lunes 24 de agosto de 1992, el huracán Andrew alcanzó el sur de Florida como un poderoso ciclón de categoría 5 y dejó una huella profunda en la historia del estado.
El sistema tropical, que inicialmente parecía destinado a disiparse, experimentó una intensificación extraordinaria hasta convertirse en uno de los huracanes más destructivos que había enfrentado la región.
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El aniversario ocurre durante una temporada ciclónica de 2026 que, hasta el momento, se ha caracterizado por una actividad reducida. La presencia de un intenso fenómeno de El Niño ha contribuido a inhibir la formación de huracanes durante estos meses.
Sin embargo, el recuerdo de Andrew demuestra que una temporada aparentemente tranquila no elimina la posibilidad de que un solo sistema tropical genere consecuencias devastadoras.

Huracán Andrew
En 1992, las previsiones meteorológicas también apuntaban hacia una temporada de huracanes por debajo de lo normal. La presencia de El Niño ofrecía condiciones poco favorables para el desarrollo de grandes sistemas.
En ese contexto apareció Andrew, inicialmente como una perturbación débil y desorganizada que parecía tener pocas posibilidades de convertirse en una amenaza importante.
El panorama cambió rápidamente. En apenas 48 horas, el sistema se transformó en un huracán de gran intensidad y avanzó hacia Florida. El sur del condado de Miami-Dade fue una de las principales zonas afectadas por el impacto del ciclón.
Una transformación rápida y destructiva
Andrew dejó 23 personas fallecidas en Miami y provocó alrededor de 27,000 millones de dólares en daños materiales. Sus vientos se estimaron en hasta 165 millas por hora, aunque la velocidad máxima no pudo determinarse con total precisión debido a que los instrumentos utilizados para realizar las mediciones fueron destruidos o desplazados durante el paso del huracán.
La rápida evolución del sistema convirtió a Andrew en un ejemplo de la capacidad que puede tener un fenómeno tropical para intensificarse en poco tiempo. Su comportamiento también evidenció las dificultades que existían en aquel momento para anticipar con precisión la evolución y trayectoria de determinados huracanes.
El impacto del ciclón marcó un antes y un después para Florida. Después de Andrew se implementaron mejoras en los códigos de construcción de las zonas consideradas vulnerables a este tipo de fenómenos.
Como consecuencia, las nuevas edificaciones comenzaron a incorporar características destinadas a ofrecer una mayor resistencia frente a los efectos de los sistemas tropicales.
Tecnología y preparación ante nuevos huracanes
Más de tres décadas después, los avances tecnológicos han permitido mejorar las herramientas disponibles para el seguimiento de los huracanes. El Centro Nacional de Huracanes cuenta actualmente con mayores capacidades para pronosticar tanto el desarrollo como la trayectoria de las tormentas.
La evolución de los sistemas de observación y pronóstico representa uno de los principales cambios frente al escenario existente durante el paso de Andrew. Sin embargo, el recuerdo de aquel huracán también pone de manifiesto que la intensidad de un fenómeno no es el único factor que determina sus consecuencias.
El crecimiento de la población en las zonas costeras de Florida ha sido considerable durante las últimas décadas. Esta expansión implica que un huracán de gran intensidad podría generar daños económicos significativamente superiores a los registrados por Andrew hace 34 años.
La combinación entre población, infraestructura y exposición al riesgo convierte la preparación en un elemento fundamental durante cada temporada ciclónica. Incluso cuando las condiciones generales apuntan hacia una actividad reducida, la posibilidad de que un sistema evolucione rápidamente permanece.

El aniversario de Andrew llega así como un recordatorio de la capacidad destructiva de los huracanes y de los cambios que pueden producir en cuestión de horas. El ciclón que llegó a Florida el 24 de agosto de 1992 comenzó como una perturbación que parecía destinada a desaparecer y terminó transformando las medidas de construcción y preparación ante huracanes en el estado.
Tres décadas después, su legado permanece tanto en las estructuras más resistentes como en las herramientas meteorológicas utilizadas para anticipar futuras amenazas. La historia de Andrew demuestra que una temporada tranquila no significa ausencia de riesgo y que la preparación continúa siendo una de las principales defensas frente a los fenómenos tropicales.
Fuente: Telemundo51





