¿Estás familiarizado con las ‘Nonprofits’ del Upstate? Hay algo que no termina de cuadrar en Greenville. El Upstate supera ya 1.4 millones de habitantes, las fábricas contratan y los indicadores celebran el dinamismo, pero en muchos barrios el alquiler sube más rápido que los salarios, acceder a servicios básicos toma meses y las oportunidades que antes parecían cercanas hoy se sienten cada vez más fuera de alcance — sobre todo para las familias inmigrantes que sostienen buena parte de ese crecimiento.
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Nonprofits del Upstate
Lo paradójico es que solo en el condado de Greenville existen 2.777 organizaciones sin fines de lucro activas, según el Philanthropic Landscape Study publicado en 2024 por Greater Good Greenville. En toda el área metropolitana Greenville-Anderson operan más de 5.300 nonprofits con ingresos combinados que superan los 12 mil millones de dólares anuales. Números impresionantes. ¿Por qué entonces tantas familias no encuentran dónde acudir?
La respuesta es que tener muchas organizaciones no es lo mismo que tener un sistema que funcione. Lo que existe hoy en el Upstate es una suma de esfuerzos, no una red. Cientos de grupos trabajando en paralelo, muchas veces sin saber que el vecino está haciendo lo mismo, compitiendo por los mismos fondos, los mismos voluntarios, la misma atención. Algunos hacen trabajo extraordinario con recursos mínimos. Otros sobreviven de año en año sin poder demostrar qué cambia realmente en la vida de las personas que atienden.

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Nadie ilustra mejor esta paradoja que la propia comunidad latina — más de 110.000 hispanos en los tres condados centrales del Upstate, parte de una población que en toda Carolina del Sur creció de 351.000 a 436.000 entre 2020 y 2024. Construyen, cocinan, pagan impuestos y llenan las escuelas públicas, pero su voz sigue siendo marginal en las organizaciones que dicen trabajar para ellos.
La inclusión aparece en el papel de las misiones institucionales, pero rara vez llega a las decisiones concretas. Su representación en juntas directivas es marginal, los programas se diseñan sin su voz, y organizaciones como la Hispanic Alliance han tenido que trabajar durante años solo para que las instituciones del Upstate las pongan en su radar — en una región donde la comunidad latina ya sostiene buena parte de su economía y su vida cotidiana.
A esto se suma un problema del que poco se habla y es que la mayoría de estas organizaciones no miden bien su impacto, no por falta de voluntad sino porque sobrevivir consume toda la energía. Sin datos claros de resultados es casi imposible atraer financiamiento estable o convencer a empresas e instituciones de apostar en serio, lo que consolida un círculo vicioso donde los recursos nunca alcanzan para crecer al ritmo que los problemas exigen.
El Upstate no necesita más organizaciones — necesita que las que existen sean más fuertes, más coordinadas y capaces de demostrar que transforman vidas y no solo las atienden. La siguiente etapa del desarrollo regional depende de que su ecosistema social evolucione al mismo ritmo que su economía, con liderazgo comunitario real, decisiones basadas en datos y alianzas que pongan a las familias por delante de las instituciones.
Los ingredientes están, la escala también. Lo que falta es la voluntad de organizarlos — y esa conversación la tiene que liderar la comunidad latina, porque al final nadie más sabe lo que necesita.
Nota por: Álvaro Benedetti, International Consultant.





