Para Claudia Amezquita, la cocina nunca fue solo una técnica ni una rutina. En su historia, cocinar es una forma de narrar, de transformar emociones en sabores y de honrar la memoria. Chef colombiana radicada en Greenville, Claudia abrió en diciembre Luna Café, un espacio íntimo donde todo es hecho en casa: desde el pan hasta las salsas y siropes. Pero más allá del menú, Luna es una extensión de su mundo interior.
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Claudia Amezquita como migrante
Migrar por decisión propia implicó soltar certezas y comodidad. En ese proceso, Claudia descubrió una versión más valiente de sí misma, fiel a su intuición y a sus límites. Esa transformación personal se refleja en cada detalle del café: Luna nace de recuerdos, duelos y vínculos femeninos profundos. Es un homenaje a las mujeres que marcaron su vida (abuelas, amigas, su hija, su madre) y también a las ausencias que dejaron huella.

Foto: archivo
En Luna, cocinar desde cero es un acto de respeto. Para Claudia, crear implica tiempo, intención y conciencia del otro. Cada preparación busca generar una sensación clara: que quien la pruebe sienta que fue pensada para él o ella. La cocina, como arte efímero, se convierte así en un puente emocional entre quien crea y quien recibe.
Abrir su propio café también significó enfrentar una industria exigente y competitiva. Liderar la construcción del espacio, aprender sobre procesos desconocidos y atravesar la incertidumbre fueron desafíos constantes. Sin embargo, Claudia entiende la fortaleza no como dureza, sino como coherencia: sostener un proyecto desde la sensibilidad, el cuidado y la responsabilidad compartida con su equipo.

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Luna se ha convertido en un punto de encuentro para la comunidad, especialmente para otras mujeres. Un lugar donde está permitido detenerse, conversar, trabajar o simplemente respirar. Para Claudia, ese es el verdadero propósito: crear un espacio seguro, cálido y honesto, donde el arte de cocinar se transforme en experiencia, comunidad y memoria viva.
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Fuente: Entrevista a Claudia Amezquita





